miércoles, 16 de septiembre de 2026

Miércoles del Retail y La inteligencia artificial NO revolucionará la educación: lo harán las personas...

Miércoles del Retail  y  La inteligencia artificial NO revolucionará la educación: lo harán las personas


Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el inconsciente dirigirá tu vida y lo llamarás destino.
Carl Jung

 

Diez puntos que no debes olvidar en tus estudios de logística comercial e incluye a los Hard Discount JaimePePo


1-     LA FUNCIÓN LOGÍSTICA: Conocer los objetivos primordiales de la función logística, las distintas actividades que en ella se engloban y su relación con la estrategia empresarial es fundamental para organizar todas las actividades logísticas en el organigrama empresarial.
2-     DISEÑO DE ALMACENES: Los puntos importantes a tener en cuenta son la necesidad de almacenar, las actividades que se van a desarrollar en el almacén, la ubicación, el tipo de mercancía a almacenar, el espacio necesario y la ubicación en planta.
3-     SISTEMAS DE ALMACENAJE: El conocimiento de los medios de manipulación y los sistemas de almacenaje empleados nos ayudarán a plantear ventajas e inconvenientes para el trabajo en el almacén, en función de una mercancía determinada.
4-     ORGANIZACIÓN INTERNA: Identificar las fases y los procesos seguidos desde la entrada a la salida de las mercancías en el almacén nos ayudará a establecer la organización interna de éste y los recursos humanos necesarios para ello.
5-     COSTES LOGÍSTICOS: Hay que conocer en profundidad y nunca perder de vista tres costes fundamentales: aprovisionamiento, almacenaje y distribución.
6-     STOCKS: Para no tener costes excesivamente elevados es muy importante el control de stocks de los productos y las variables que hay que tener en cuenta para la gestión de stocks.
7-     MODELOS DE GESTIÓN DE STOCKS: Conocerlos, identificarlos y decidir sobre su implantación nos ayudará a gestionar con eficacia las existencias de la empresa.
8-     INVENTARIOS: Otorgar un valor monetario al inventario que las empresas conservan en sus almacenes les dará valor a sus existencias. Es muy importante conocer estos sistemas de valoración, el coste financiero asociado a las existencias y calcular e interpretar el periodo de maduración.
9-     DISTRIBUCIÓN: Pata decidir qué medio de transporte es el más adecuado para nuestras mercancías es necesario conocer las principales características de los medios de transporte y saber calcular el coste de los envíos, planificar rutas de reparto, decidir medios de embalaje y tipos de vehículos y sus utilidades.
10- CALIDAD: La aplicación profesional de todos los puntos anteriores nos permitirá el análisis de la Calidad de las funciones logísticas en su totalidad.
"Si hay una situación cambiante, la compañía tiene que moverse en la misma dirección en la que se mueven los clientes"
Philip Kotler asegura que "los clientes son todo. Si no hay clientes no hay compañía"

En el camino de quienes estudian mercadeo siempre se cruza un libro de Philip Kotler. Hace cuatro décadas publicó su primera obra, pero desde entonces no ha dejado de estudiar y escribir sobre la evolución de esta disciplina.

Gracias a esa dilatada trayectoria, a Kotler lo consideran el "padre del marketing moderno". Es profesor de la Northwestern University Kellogg Graduate School of Managment en Chicago, ciudad donde nació en 1931, y fundador de Kotler Marketing Group (KMG).

 "El mercadeo es todo" para una empresa y es el responsable de "ponerle significado a los productos".

-¿Ha cambiado mucho el mercadeo desde que está estudiando estos temas?-El mercadeo ha cambiado en diversas maneras. Hemos pasado de simplemente vender un producto a intentar ganarnos un cliente que siga comprando nuestro producto reiteradamente. Ahora no le vendemos a todo un mercado, escogemos un segmento y hacemos un producto especialmente para esa parte del mercado.
Hoy tratamos de comunicar a través de lo que llamamos comunicación de mercadeo integrada que no está formada sólo por publicidad, sino también por correo directo, relaciones públicas, medios digitales. Todo eso lo compaginamos para llegar al target a través de formas diferentes y efectivas.

Ahora sabemos medir mejor los resultados de la inversión o lo que gastamos en mercadeo porque cada vez utilizamos más la métrica, financiera y no financiera, para saber lo que hemos logrado en cada campaña.

-¿Considera que la actual crisis financiera puede afectar la forma cómo las empresas hacen publicidad?
-Sí. El mercadeo tiene que cambiar dependiendo del tipo de economía. Uno hace mercadeo de una manera cuando el tiempo es normal y en tiempos de recesión es de otra forma.

En este momento estamos en una recesión en muchas partes del mundo. La mayoría de las compañías van a gastar menos dinero en mercadeo y publicidad, menos dinero en desarrollo de sus productos, lo que pasa es que no le están prestando atención al largo plazo.

-¿Entonces qué propone?
-Una compañía inteligente en lugar de recortar los costos, debería ver esta crisis como una oportunidad. Por ejemplo, puedo comprar en esta época la competencia porque está más débil y quizás ganar en participación de mercado. Quizás saldré más fortalecido cuando termine la crisis.

Si hay una situación cambiante, la compañía tiene que moverse en la misma dirección en la que los clientes se mueven.

-¿Están aprovechando las empresas los nuevos medios de comunicación para hacer mercadeo?
-La mayoría de las compañías en todas partes del mundo todavía se basa en los medios tradicionales de publicidad y mercadeo porque aún no tienen en su personal gente que conozca estos nuevos medios.

El liderazgo en el uso de los nuevos medios se está observando en compañías grandes, progresistas, globales, que están decididas a utilizar Internet, páginas webs, blogs y las llamadas redes sociales.

-¿Cómo aprovechar esas nuevas herramientas?
-La compañía debería contemplar la posibilidad de contratar a alguien en el departamento de publicidad y mercadeo que se encargue de determinar la manera de utilizar estos nuevos medios a través de experimentos. A los que den resultados entonces deberían asignarle más recursos.

No creo que una compañía deba de una sola vez darle un vuelco a todo esto y gastar todo su dinero, sino ir lento, probando los diversos medios para ver cuál es el que le da resultados.

-Es decir, ¿en tiempos de crisis el mercadeo puede ser un salvavidas?
-Sí. Pienso que hay cosas inteligentes que se pueden hacer.

-¿A qué se refiere cuando afirma que "el mercadeo es todo en una empresa"?
-Lo que quiero decir es que los clientes son todo. Si no hay clientes no hay compañía.

-¿Y que "el mercadeo es una filosofía"?
-Es inteligente como filosofía de compañía diseñarse del cliente a lo que haces, porque la mayoría de las compañías cometen el error de diseñarse como productor eficiente de algo y después van a buscar a los clientes para ese producto. Básicamente, creo que es importante si uno tiene presente a quién quiere vender y los cambios que se están produciendo.

-Pareciera que las estrategias de mercadeo están cada vez más arraigadas en otros ámbitos de la sociedad como la política.
-Los políticos siempre han sido expertos en mercadeo. Pero claro, era simplemente ir a cafés, a reuniones, a darle la mano a todos los votantes, ahora siguen haciéndolo pero de una manera más sofisticada. Ellos entienden las características demográficas, saben lo que quieren oír las mujeres, los hombres, los jóvenes, los más viejos.

El Mercadeo se ha convertido en una base de datos. 

-¿Están rezagadas las empresas en el uso de redes sociales como Facebook?
-Creo que recientemente hemos visto más uso en la política de redes sociales de lo que hemos visto en las compañías promedio. Las compañías pequeñas y medianas quizás no van a utilizar los medios rápidamente porque no tienen en su personal gente que sepa ver la oportunidad, pero las más grandes sí están entrando en este campo de los nuevos medios.

-Si le pidieran un consejo para invertir adecuadamente el presupuesto en mercadeo, ¿qué recomendaría?

-Primero que todo aborda el tema de la investigación, de los estudios de mercado. Dedicar dinero a un estudio de mercado de verdad, no ese que simplemente te da cifras, sino el que indica qué siente el comprador al que quieres venderle, cuáles son las emociones y sus necesidades más profundas. Luego investigaría o estudiaría la competencia. Tengo que ver lo que están haciendo, eso lo llamamos inteligencia competitiva. También tendría que averiguar lo que están haciendo los proveedores y distribuidores de mi producto.

Cuando tenga la información correcta, la propuesta de valor y el cuento que quiero contar de mi producto, allí es cuando comenzaré a aplicar dinero.

La inteligencia artificial no revolucionará la educación: lo harán las personas

Amaia Arroyo Sagasta


La IA afectará a toda la sociedad, no solo a quienes la desarrollan. Las instituciones educativas juegan un rol clave para comprenderla críticamente y orientar su uso, evitando visiones simplistas sobre sus efectos.

Hablar de inteligencia artificial y educación empieza a parecer, al mismo tiempo, inevitable y agotador. Inevitable porque la IA ya forma parte (de manera implícita y explícita) de nuestras prácticas cotidianas de comunicación, búsqueda de información, creación, producción, evaluación, trabajo, aprendizaje y ocio. Agotador porque, en muy poco tiempo, se han multiplicado los informes, jornadas, guías, decálogos, titulares, promesas y miedos. Podría parecer que ya está todo dicho, pero quizá lo más importante sigue pendiente: pensar la IA desde una perspectiva verdaderamente educativa.

Para hacerlo, conviene empezar por una idea que a menudo se pierde en el ruido: no estamos ante una tecnología que llega desde fuera para instalarse en un mundo educativo intacto. Es lo que Carlos Magro subraya muchas veces: no podemos dar por sentada la integración de IA; hay que cuestionarla. Pero es verdad que vivimos ya en una condición postdigital. Lo digital no es una capa separada de la vida, ni una dimensión que se activa cuando encendemos un dispositivo y se desactiva cuando lo apagamos. Lo tecnológico se ha hibridado con nuestras formas de vivir. Ha dejado poso en la manera en que atendemos, leemos, escribimos, creamos, recordamos, trabajamos, nos relacionamos, nos informamos y aprendemos. Por eso, la pregunta no es simplemente cómo introducir la IA en la educación, sino cómo comprender una educación que ya se desarrolla en un mundo profundamente atravesado por tecnologías digitales y por la IA.

Esta mirada postdigital ayuda a escapar de una simplificación muy habitual: “la IA es solo una herramienta; todo depende del uso que le demos”. La frase es cómoda, tranquilizadora y, en parte, cierta. Las personas decidimos, interpretamos, damos sentido y asumimos responsabilidades. Pero también es una frase insuficiente. La IA no es un martillo ni una pizarra, ni un procesador de textos más sofisticado. No es una herramienta neutra suspendida en la nube. Es un fenómeno sociomaterial: está hecho de infraestructuras, centros de datos, energía, minerales, cadenas de suministro, trabajo humano visible e invisible, decisiones políticas, modelos de negocio, intereses geopolíticos, lenguajes, sesgos, normas, imaginarios y formas concretas de reorganizar la vida y las estructuras sociales.

Decir que “depende del uso” puede servir para recordar que no hay determinismo tecnológico; pero también puede ser peligroso si nos impide ver que los usos nunca ocurren en el vacío. Usamos tecnologías diseñadas por alguien, bajo determinadas condiciones y miradas, con determinadas finalidades y dentro de determinados ecosistemas económicos y culturales. La IA tiene efectos reales en el mundo físico: consume recursos, requiere infraestructuras, concentra poder, reorganiza trabajos, condiciona decisiones, produce dependencias y afecta a derechos fundamentales. También tiene implicaciones técnicas, sociales, éticas y medioambientales, epistemológicas, ideológicas, políticas, mercantiles y, por supuesto, educativas. No basta, por tanto, con enseñar a usarla bien. Hay que aprender a preguntarse qué mundo sostiene, qué mundo produce y qué mundo queremos construir con ella o frente a ella. 

Desde esta complejidad, el debate sobre IA y educación se vuelve más interesante e… incómodo. Porque nos obliga a ir más allá del entusiasmo y del rechazo. Y, sobre todo, nos obliga a revisar una parte importante de lo que se está escribiendo y diciendo sobre el tema. Se habla mucho de ética, responsabilidad, transparencia, privacidad o sesgos. Todo ello es necesario. Pero tengo la sensación de que seguimos pensando en la IA desde una perspectiva excesivamente solucionista, mercantilista e hiperproductivista, muchas veces disfrazada de preocupación ética. ¿Cuántas veces habéis visto infografías hechas con IA sobresaturadas e hiperestimulantes sobre las implicaciones éticas de esta tecnología? ¿Y cuántas sobre las herramientas disponibles para mejorar nuestra productividad? 

El solucionismo aparece cuando la IA se presenta como respuesta antes de haber formulado bien las preguntas. Se promete personalización del aprendizaje (que se confunde con la individualización), automatización de tareas docentes, generación de materiales, corrección inmediata (que es una práctica de alto riesgo y no debe hacerse), tutorización permanente, análisis predictivo del rendimiento y optimización de procesos. Algunas de estas posibilidades pueden ser útiles en determinados contextos; sería ingenua si lo negara. Pero la educación no es una colección de problemas técnicos esperando una herramienta más potente. Educar implica relación, contexto, conflicto, fricción, cuidado, tiempo, interpretación, juicio profesional y construcción compartida de sentido. Y nada de eso se resuelve simplemente añadiendo una capa algorítmica. 

Considero que hay dos lógicas detrás del solucionismo. Por un lado, la lógica mercantil aparece cuando las preguntas educativas quedan subordinadas a las preguntas del mercado: qué plataforma contratamos, qué licencia compramos, qué herramienta permite ahorrar más tiempo, qué proveedor ofrece mejores funcionalidades, qué solución promete no dejarnos atrás… La IA educativa (si se puede decir esto) no está creciendo en un espacio neutral, sino en una carrera tecnopolítica, capitalista y geopolítica por dominar infraestructuras, datos, estándares, relatos y mercados. Por eso, cuando una universidad, una administración o un centro educativo decide integrar la IA, no está tomando solo una decisión técnica. También toma decisiones sobre soberanía digital, dependencia tecnológica, protección de datos, autonomía institucional y orientación de la innovación. Por otro lado, la lógica hiperproductivista aparece cuando la IA se justifica, sobre todo, por su capacidad para acelerar: hacer más materiales en menos tiempo, corregir más rápido (insisto, no se debe), resumir más documentos, producir más informes, generar más actividades, contestar más correos… automatizar más, más y más procesos. El problema no es querer aliviar cargas de trabajo reales, que existen y son muchas. El problema es que acabemos confundiendo mejora educativa con incremento de productividad. Hemos aprendido a envolver la aceleración en vocabulario ético: uso responsable, eficiencia sostenible, innovación inclusiva… pero, si no discutimos los fines, la ética corre el riesgo de convertirse en una capa superficial para seguir haciendo lo mismo, más rápido y con más dependencia tecnológica. 

Quizá por eso la educación mira la IA con una mezcla de interés, ansiedad, recelo y, por qué no, miedo; y es comprensible, especialmente, en los estudios superiores de Educación. Las Facultades de Educación tenemos una gran responsabilidad: formamos al futuro profesorado y, por tanto, participamos indirectamente en la formación de todas las generaciones profesionales que vendrán después. No somos un actor más dentro del sistema. Somos un nodo estratégico para pensar cómo se aprende, cómo se enseña, cómo se evalúa y cómo se construye ciudadanía crítica en una sociedad atravesada por IA. Sin embargo, integrar la IA en la formación inicial y continua del profesorado no es sencillo. Nos cambia las reglas del juego, porque nos hace salir de la zona de confort, incluso cuando decimos que innovamos. Nos obliga a revisar prácticas que parecían estables: qué significa escribir, resolver una tarea, evaluar un aprendizaje, acompañar un proceso, autoría, qué pensamiento crítico y qué lugar ocupa el criterio docente cuando parte de la producción textual, visual o analítica puede ser mediada por sistemas automatizados. 

Durante años hemos hablado de innovación educativa, competencia digital, metodologías activas, evaluación continua formativa y formadora, y transformación educativa. Pero la IA nos coloca ante una pregunta más radical: ¿estábamos transformando realmente la educación o simplemente modernizando algunas de sus formas? Porque si una estudiante puede generar un ensayo en segundos, estoy segura de que el problema no es solo cómo detectar si lo ha hecho. Tal vez la pregunta sea qué tipo de ensayo estábamos pidiendo, qué proceso queríamos provocar, qué evidencias de aprendizaje consideramos valiosas y cómo podemos diseñar experiencias educativas donde pensar importe más que entregar. 

Lo mismo ocurre con la docencia universitaria. Si una IA puede generar una rúbrica, una actividad, una explicación, una presentación o una propuesta de evaluación, el valor del profesorado no desaparece, pero se desplaza y se transforma. Llevamos años diciendo que no basta con producir materiales o transmitir contenidos: el fenómeno de la IA y su integración en la educación nos ha sacado los colores y nos interpela a complejizar la tarea docente. Esa complejidad no es otra que diseñar contextos, formular buenas preguntas, acompañar procesos, sostener conversaciones, cuidar criterios, leer situaciones, decidir cuándo una tecnología aporta valor y cuándo empobrece la experiencia. La IA no elimina la pedagogía. Al contrario: cuando se integra sin pedagogía, muestra con más claridad su ausencia.

Mientras tanto, podemos observar que ocurren cosas a tres niveles. A nivel macro, las instituciones internacionales empiezan a moverse. PISA integrará en 2029 la alfabetización mediática y en inteligencia artificial. La OCDE y la Comisión Europea han impulsado el marco AILit sobre la alfabetización en IA orientado a la educación primaria y secundaria. La regulación europea, por su parte, ya introduce la alfabetización en IA como una obligación relevante para quienes proveen y despliegan sistemas de IA. Estos movimientos indican que la alfabetización en IA deja de ser un interés especializado y empieza a reconocerse como una dimensión vital para la ciudadanía crítica.  

Pero que algo entre en un marco internacional no significa que automáticamente entre bien en las aulas. Las políticas pueden orientar, crear lenguaje común y legitimar prioridades, pero no sustituyen el trabajo pedagógico situado. Un marco competencial no transforma por sí solo la formación docente (ya lo hemos vivido con el marco DigComp de la competencia digital durante años); y me temo que una prueba internacional tampoco resolverá el sentido del currículo. Por su parte, la regulación tampoco garantiza una cultura crítica. El nivel macro es necesario, pero necesita dialogar con lo que ocurre en las instituciones, en los centros, en las aulas y en las decisiones cotidianas del profesorado y del alumnado. 

En el nivel meso, muchas universidades, redes y centros educativos están empezando a pensar estrategias de gobernanza de la IA. Y esta palabra, gobernanza, es clave. Porque la integración de la IA no puede depender únicamente de la curiosidad, la prudencia, el entusiasmo o el miedo de cada docente. Necesita condiciones institucionales, criterios compartidos, infraestructuras, formación, espacios de reflexión y deliberación, apoyo técnico, jurídico, ético y pedagógico. También necesita investigación y transferencia, políticas claras sobre datos, privacidad, evaluación, autoría y usos aceptables. Eso no significa únicamente redactar una guía de uso o decidir qué herramientas están permitidas. Significa preguntarse qué ecosistema educativo-pedagógico, tecnológico y ético queremos construir. También implica discutir si apostamos por infraestructuras propias o por plataformas comerciales, qué dependencias aceptamos, qué datos exponemos, qué capacidades internas desarrollamos y cómo evitamos que la transformación digital se reduzca a comprar licencias. Una universidad no se vuelve más innovadora por contratar más herramientas. Se vuelve más responsable cuando es capaz de alinear sus decisiones tecnológicas con su misión educativa y social. El nivel meso también debe abordar el rediseño de los procesos de enseñanza y aprendizaje. No basta con añadir una declaración sobre IA en las guías docentes. Hay que revisar tareas, metodologías, criterios de evaluación y formas de acompañamiento. También hay que decidir cuándo tiene sentido usar IA, desde la pertinencia didáctica, como objeto de estudio y cuándo como herramienta. Hay que distinguir entre aprender sobre IA, aprender con IA y aprender en un mundo con IA. Hay que formar al profesorado para usar aplicaciones, pero también para tomar decisiones pedagógicas informadas, críticas y contextualizadas. 

Y después está el nivel micro: el personal, el profesional, el del día a día. Ahí, como en tantos otros debates sociales, tendemos a polarizarnos: o abrazamos la IA como promesa inevitable o la detestamos como amenaza absoluta. En un extremo, el entusiasmo acrítico ve en la IA una oportunidad para innovar, ahorrar tiempo, personalizar, producir y no quedarse atrás; y en el otro, el rechazo absoluto la interpreta como una amenaza para la autoría, el pensamiento, la evaluación, la privacidad, el trabajo docente o la justicia social. Ambos extremos tienen razones parciales, pero ninguno basta. Necesitamos salir de esa polarización en bucle. Ni fascinación ni rechazo: criterio. Y el criterio se educa. No aparece espontáneamente por tener acceso a una herramienta ni por prohibirla. Requiere conocimientos, habilidades y actitudes. Conocimientos para comprender, al menos de forma básica, qué es la IA, cómo funcionan estos sistemas, qué hacen y qué no hacen, de dónde salen sus resultados y qué límites tienen (alfabetización en IA). Habilidades para usarlos cuando aportan valor, evaluar sus respuestas, proteger datos, contrastar información, formular buenas preguntas y diseñar procesos de aprendizaje significativos (competencia digital). Actitudes para actuar con prudencia, curiosidad, responsabilidad, justicia, conciencia crítica y sensibilidad hacia los impactos sociales y ambientales (perspectiva crítica y ética). La competencia clave no será usar IA siempre. Será saber cuándo no usarla. Y, cuando se use, saber por qué, para qué, bajo qué condiciones y con qué consecuencias. Esta idea es tremendamente importante en educación, porque el objetivo no debería ser formar usuarios obedientes de sistemas inteligentes, sino personas capaces de tomar decisiones sobre esos sistemas. 

Por eso, todos los niveles importan: el macro, el meso y el micro. Hay que acompasarlos. Necesitamos construir coherencia entre regulación, institución, práctica docente y sentido educativo, con liderazgo. Esto implica recordar que la finalidad no es adaptar la educación a la IA, sino educar para que la IA no se desarrolle al margen de la democracia, la justicia social y la vida común. La pregunta de fondo no es qué puede hacer la IA por la educación, sino qué debe hacer la educación ante una sociedad que ya está siendo reorganizada por la IA. 

Desde las universidades, esta pregunta nos interpela de lleno. Nos toca responder a nuestra función como catalizadoras de cambios sociales. Y eso implica investigar, sí; pero también transferir conocimiento, acompañar a instituciones, dialogar con centros educativos, formar profesionales, revisar nuestra propia docencia y divulgar de manera clara. La universidad no puede limitarse a observar el fenómeno desde fuera, ni a reproducir el relato de que la IA viene a revolucionarlo todo mágicamente. Tenemos la responsabilidad de complejizar el debate público, desmontar simplificaciones y ofrecer marcos para comprender y avanzar. También tenemos la responsabilidad de formar a generaciones que trabajarán rodeadas de IA. Algunas ejercerán profesiones que hoy apenas imaginamos. Otras desempeñarán trabajos conocidos, pero profundamente transformados. En cualquier caso, necesitarán competencias para tomar decisiones en contextos mediados por sistemas algorítmicos. No solo competencias técnicas, sino también digitales, críticas, éticas, comunicativas, políticas y pedagógicas. La IA no afectará únicamente a quienes programen IA: afectará a docentes, periodistas, sanitarias, juristas, ingenieras, trabajadoras sociales, artistas, administraciones públicas, empresas, familias y ciudadanía. Y aquí la educación tiene una tarea insustituible: evitar que la sociedad se crea el cuento de la revolución automática. La IA no viene a salvar la educación, ni a destruirla inevitablemente. Es un fenómeno complejo, postdigital y sociomaterial, que debemos comprender, disputar y orientar para construir. 

Si algo se transforma, lo transformarán las personas. Quizá por eso el gran reto no sea integrar la inteligencia artificial en la educación. El reto es construir una educación capaz de formar a personas que no solo vivan en una sociedad con IA, sino que participen en la construcción de una sociedad —y también de una IA— más justa, equitativa, sostenible, pedagógica y humana. Yo lo tengo claro: la IA no revolucionará mágicamente la educación. Esa promesa pertenece más al marketing tecnológico que al pensamiento pedagógico. La revolución, si merece ese nombre, dependerá de nuestras decisiones colectivas: de qué enseñamos, qué evaluamos, qué investigamos, qué regulamos, qué compramos, qué rechazamos, qué imaginamos y qué cuidamos. En definitiva, dependerá de si somos capaces de poner la inteligencia humana, social y pedagógica por delante de la inteligencia artificial. 

"Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad"  

Carl Jung
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Jaime Pérez Posada 

Asesoría , Formación y Consultoría en Mercadeo y temas afines. 

Formación incluyente para el Retail

Móvil: 313 721 8036

Siganme en X  como : @jaime_pepo

Medellín, Colombia



miércoles, 9 de septiembre de 2026

Miércoles del Retail e Inteligencia artificial y dolor humano...

Miércoles del Retail  e  Inteligencia artificial y dolor humano...


Solo ves tu sombra cuando das la espalda al sol.
Jalil Griban.

Hard discount: el formato que está cambiando la forma de comprar en Chile, en Colombia, me arriesgo en el Mundo ... Jaime PePo

Un estudio de la consultora Simbiu que analizó seis meses de conversación digital sobre el segmento hard discount muestra cómo una sola marca puede concentrar casi la totalidad de la notoriedad y el engagement en un formato que crece con fuerza en el país.

Por Gonzalo Arancibia·
Chile


Locales más pequeños, surtidos más acotados y una operación más sencilla comparada a las cadenas tradicionales, centrada en precios competitivos. Es la fórmula del hard discount, un modelo que lleva décadas desarrollándose en mercados europeos y que durante los últimos años está tomando espacio también en el país.

En Chile, el formato está representado por Mass, perteneciente al holding peruano Intercorp; Liquimax, de capitales chilenos y parte del Grupo Lagos; y Don Salva, la apuesta de la transnacional chilena Cencosud para este segmento, que ingresó al mercado el mes de mayo de 2026, sumando a uno de los principales actores del retail nacional a una categoría que comienza a ganar protagonismo en el mercado chileno. Y los consumidores están respondiendo a este fenómeno en el mundo digital. Un estudio de la consultora Simbiu, que monitoreó durante seis meses la conversación digital en torno a Don Salva, Mass y Liquimax, muestra una considerable diferencia entre la marca de Cencosud y sus competidores directos. Don Salva concentró cerca del 86% de las menciones identificadas entre las tres cadenas, muy por encima de Mass, con alrededor del 9%, y Liquimax, con aproximadamente el 6%. La brecha es mucho más amplia si se miran las interacciones: la nueva marca de Cencosud acumuló 52.334 de las 53.308 registradas, superando el 98% del total de ellas. En alcance potencial, esa brecha se repite: Don Salva llegó a una exposición potencial de 208,6 millones de usuarios, muy sobre los 12,1 millones de Mass y los 5,9 millones de Liquimax.

“Lo que muestra el estudio es que el formato hard discount está dejando de ser secundario dentro de la conversación sobre supermercados y comienza a instalarse como una alternativa totalmente reconocible por los consumidores. Su crecimiento responde primero a la entrada de un gran jugador nacional al segmento como lo es Cencosud, y a una lógica de compra más funcional, donde el precio, la cercanía y la rapidez comienzan a tener tanto o más peso como el surtido o la experiencia tradicional”, señala Leonardo Hernandéz, Gerente de Comunicaciones de Simbiu. Un lanzamiento que generó repercusión La curva de conversación sobre estas cadenas no fue pareja en el tiempo. El estudio detectó que el interés se disparó durante el lanzamiento de Don Salva, con sus mayores volúmenes a finales del mes de mayo y comienzos de junio. Pero, a diferencia de lo que suele ocurrir con estos peaks iniciales, el interés no se apagó: volvió a repuntar en julio y agosto, coincidiendo con la apertura de nuevos locales de esta cadena.

La cadena Cencosud, matriz de Don Salva, también fue parte importante de los datos del estudio: apareció en 295 menciones dentro de la conversación analizada, lo que sugiere que buena parte de la notoriedad de la nueva cadena, es traccionada por el respaldo del grupo. Una conversación mayoritariamente favorable

Más allá del volumen de la conversación, el estudio midió también el tono de las publicaciones. El 42,8% de ellas fue calificada como positiva, el 52,2% neutral y solo un 5% de manera negativa. Ese balance se traduce en un sentimiento neto de 83,6 puntos para Don Salva, muy por encima de los 60 de Liquimax y los 46,2 de Mass.

Desde Simbiu, advierten eso sí que estos resultados miden notoriedad y conversación digital, no participación de mercado ni preferencia de compra real. En cuanto a las fuentes, cerca de tres cuartas partes de los datos analizados provienen de la red social X, seguido por portales digitales, blogs, Facebook e Instagram.

Un mercado que todavía está definiendo sus fronteras

Más que mostrar una competencia cerrada entre las tres cadenas, el estudio refleja un segmento que está construyendo su identidad frente al consumidor. Don Salva, Mass y Liquimax comparten elementos del hard discount, pero se presentan de manera distinta y compiten con propuestas que también se cruzan con formatos de conveniencia, precio/bodega y mayorista.

Esa falta de fronteras rígidas puede ser precisamente una de las claves de lo que viene la llegada de nuevos actores, podría profundizar aún más esta segmentación y obligar a las marcas a diferenciar con mucha más claridad qué tipo de compra quieren resolver y para qué consumidor.

Los nuevos reyes del Retail Colombiano : Quienes están ganando la batalla por el Consumidor, Comprador , Cliente.  


Durante los últimos años, Mall & Retail ha venido construyendo el Mapa Nacional del Retail, una herramienta de inteligencia de mercado que mide el verdadero desempeño empresarial del comercio colombiano. 

Más allá del número de tiendas o de la presencia de una marca en los centros comerciales, permite conocer quiénes son los principales jugadores, cuánto crecen, qué participación tienen, cuál es su rentabilidad y qué tan sólida es su estructura financiera.

La edición 2026 analiza 410 empresas y marcas con presencia relevante en centros comerciales, organizadas en siete macrosectores y 22 categorías comerciales.

 A partir de sus estados financieros se comparan ingresos operacionales en 2025, crecimiento frente a 2024, ganancias o pérdidas, activos, pasivos y patrimonio. Es una radiografía que permite entender no solo quién vende más, sino quién gana participación y cuáles modelos de negocio están respondiendo mejor al nuevo consumidor.

Los ingresos operacionales agregados alcanzaron aproximadamente $210,4 billones en 2025, con un crecimiento de 12,5% frente al año anterior. Sin embargo, 72 de las 410 compañías registraron pérdidas, equivalentes al 17,6% de la muestra. El consumo crece, pero la presión promocional, los costos de ocupación y las inversiones en tecnología, logística y experiencia continúan castigando a los operadores menos eficientes.

Los supermercados siguen siendo el gran motor del Mapa. Sus 30 empresas concentran el 45,3% de los ingresos y crecieron 11,7%. D1 lidera con $21,6 billones y un aumento de 11,1%; le siguen Grupo Éxito, con $16,9 billones y 5,2%, y Ara, con $16,4 billones y 18,4%. 

D1 y Ara profundizan el modelo de valor, marcas propias y proximidad, mientras Éxito combina formatos físicos, omnicanalidad y lealtad. El consumidor compra de manera más planificada, visita más canales y compara con mayor rigor el valor recibido por cada peso gastado.

Moda es el macrosector más atomizado: reúne 160 jugadores, el 39% de la muestra, pero solo el 12,5% de los ingresos. Creció 8,7%. 

Leonisa encabeza con $1,68 billones, seguida por Comodín, operador de marcas como Americanino, Chevignon, Naf Naf y American Eagle, con $1,43 billones, y Adidas con $1,34 billones.


Leonisa combina tiendas, catálogo y canales digitales; Comodín gana escala con un portafolio multimarca; y Adidas equilibra retail propio, e-commerce y mayoristas.


El shopper de moda exige novedad e identidad, pero compara promociones y precio antes de decidir.


Tecnología alcanzó ingresos por $21,6 billones, el 10,3% del total, y creció 13,2%. Samsung lidera con $3,62 billones, Apple con $2,13 billones y HP con $1,62 billones. 

La competencia se desplaza del dispositivo al ecosistema: conectividad e inteligencia artificial en Samsung, integración entre hardware y servicios en Apple, y renovación de computadores y AI PC en HP. 

El comprador compara especificaciones digitalmente, prolongar los ciclos de reposición y exige una mejora tangible antes de cambiar de equipo.


Tiendas por Departamento y Afines creció 14,2% y alcanzó $20,5 billones. Homecenter ocupa el primer lugar con $6,94 billones, seguido por Dollarcity con $3,37 billones y Falabella con $2,54 billones. 

Homecenter fortalece la integración entre tienda, canal digital y soluciones para profesionales; Dollarcity gana terreno con precio, descubrimiento y alta rotación; y Falabella profundiza su ecosistema físico-digital. 

El consumidor ya no visita una gran tienda simplemente por encontrar “de todo”: necesita una razón concreta de valor y conveniencia.

Salud y Belleza fue el macrosector de mayor crecimiento: 19,1%, con ingresos por $17 billones. 
Cruz Verde lidera con $6,2 billones, seguida por Farmatodo con $1,97 billones y Ésika, L’Bel y Cyzone con $1,96 billones. La escala sigue siendo determinante, pero la competencia se mueve hacia conveniencia, bienestar y omnicanalidad.

Farmatodo integra tienda, app y web, mientras Belcorp combina venta directa y herramientas digitales. El autocuidado gana espacio y el consumidor exige disponibilidad inmediata, asesoría y facilidad de compra.

Mejoramiento del Hogar facturó $16,7 billones y avanzó 13,1%.
Homecenter, Easy y Madecentro concentran cerca del 74% del macrosector. Homecenter lidera con $6,94 billones, Easy alcanza $4,44 billones y Madecentro $964.000 millones. 

La batalla ya no consiste únicamente en vender materiales: consiste en acompañar proyectos mediante surtido, servicios, logística, atención al profesional y herramientas digitales. El consumidor investiga primero en línea y espera resolver en un mismo ecosistema desde la inspiración hasta la ejecución.

Entretenimiento reúne 88 empresas y alcanzó $13,1 billones, creciendo 13,3%.
 Frisby lidera con $1,50 billones, seguido por Crepes & Waffles con $1,26 billones y Juan Valdez con $887.000 millones. 

Frisby continúa ampliando y modernizando su red; Crepes & Waffles protege una propuesta ligada a producto y experiencia; y Juan Valdez suma tiendas, consumo masivo e internacionalización. 

En este macrosector ya no se compra únicamente comida o café: se compra ocasión, conveniencia y experiencia.

El Mapa deja cuatro hallazgos centrales. 

El mercado crece, pero se vuelve más selectivo. La escala es decisiva en supermercados, salud y mejoramiento del hogar, mientras la moda conserva una estructura mucho más fragmentada.

El consumidor colombiano construye una nueva ecuación de valor: puede comprar una marca propia para ahorrar y, al mismo tiempo, pagar más por una propuesta premium que considere relevante. Y la omnicanalidad dejó de ser una diferenciación para convertirse en un requisito básico de competencia.

Tal vez el dato más revelador sea el contraste entre un crecimiento agregado de 12,5% y un 17,6% de empresas con pérdidas. 

El Retail Colombiano tiene demanda y oportunidades, pero está separando con mayor rapidez a quienes cuentan con escala, marca, eficiencia y conocimiento del consumidor de aquellos que todavía compiten solamente por ubicación o producto. 

Esa es la utilidad del Mapa Nacional del Retail de Mall & Retail: transformar los estados financieros de 410 compañías en una lectura estratégica de quiénes están construyendo el comercio de los próximos años.

Para obtener más información sobre el Mapa Nacional del Retail 2026, escríbenos a: gerentecomercial@mallyretail.com

Inteligencia artificial y dolor humano

Andrés García Barrios

Hace dos años y medio, un jovencito norteamericano de 14 años se quitó la vida después de cruzar una última conversación con la “mujer” de la que estaba enamorado, un personaje de ficción creado con inteligencia artificial (IA), con la que tenía ya una larga “relación” a través de un popular chatbot. Meses después, la madre del chico entabló una demanda contra la empresa que había creado esa plataforma.  

No voy a entrar aquí en los argumentos jurídicos de ambas partes. Unos reflejan la ira y el dolor de una madre que ha perdido a su hijo, y los otros, la fría respuesta de una empresa cuyo negocio, en parte, estriba en defenderse de acusaciones como esta. No sé qué va a pasar durante el juicio, que parece que está emplazado para noviembre de este año. 

Me imagino que buena parte de la sociedad civil, asustada ante los alcances extremos de la IA, se pondrá del lado de la madre y presionará para que se le dé la razón. Por otra parte, he llegado a pensar que la empresa puede intentar revertir el juicio en una especie de acusación hacia la mujer y su exesposo, el padre del chico, por descuido hacia éste. Ya veremos.

Cuando conocí la historia, mi primer impulso fue emitir un juicio furioso: opinar que la empresa tiene la culpa por poner al alcance de los chavos personajes con los cuales pueden tener “relaciones” de todo tipo (“amistosas”, “amorosas”, “cibersexuales…”) sin las advertencias debidas, los filtros de edad y las necesarias reacciones de asistencia y auxilio. 

Enseguida empecé a culpar a los padres y a decir que son ellos quienes deben estar al cuidado de sus hijos, vigilar los contenidos en los que navegan y restringir el tiempo de uso.

Pero ocurre que al sentarme a escribir, casi de forma natural me pido a mí mismo ir un poco más allá de la primera impresión y la fugaz opinión.

Así, un sentimiento de compasión y una reflexión un poco menos impulsiva me llevan ahora a considerar que la tragedia empezó mucho antes del momento en que el muchacho entró en contacto con la IA. Sus padres estaban divorciados y el joven llevaba años en una depresión severa, que nadie parecía ver ni escuchar de forma adecuada. En los últimos meses, cuando ésta al fin llegó a ser visible, sus signos fueron los corrientes: aislamiento, abuso del dispositivo electrónico y cambios drásticos en el comportamiento escolar. Desafortunadamente, se le trató con la misma estrategia desinformada de siempre: imponer medidas disciplinarias.

Mencionó la separación de los padres (algunos pensarán que de forma tendenciosa, con una clara posición “antidivorcio”) porque considero que, en la vida de las infancias y juventudes,  el divorcio, en efecto, representa siempre un golpe que no se puede soslayar. 

La sociedad lo ha respaldado como figura jurídica, sin duda por la cantidad de malos tratos que se dan al interior de las parejas fallidas, los cuales acaban afectando seriamente a todos los miembros de la familia, incluidos, por supuesto, los hijos; pero eso no significa que el dolor de la separación de los padres no resulte –prácticamente en todos los casos, con las excepciones que confirman la regla– en una herida que podemos calificar de infinita por el hecho simple de ser irreparable.

 La separación de nuestros padres implica el desgarramiento de la unión simbólica que nos dotó, a cada uno de nosotros, de una unidad. Se puede paliar, pero no resolver. En ciertos casos, tal vez sea mejor divorciarse, pero nunca es bueno, al menos no para los hijos; no, al menos, en nuestra sociedad.

Sin duda, las familias reconstituidas son una posibilidad de recuperación cuando se establecen como un entorno, ahora sí, estable y sano para los pequeños. En el caso de nuestro jovencito, al menos la madre se había vuelto a casar y tenía ya otros dos hijos. Pero la nueva fórmula no parece haber convenido al muchacho: éste pasaba la mitad del tiempo con su padre y la mitad con su madre, que es –a mi parecer– un modelo que sólo funciona cuando la separación ha sido procesada de forma digna y los dos entornos se muestran como albergues estables; así, los hijos son recibidos de manera plena en ambos lados y sienten que los padres quieren estar con ellos la misma cantidad de tiempo, por igual. Pero por lo general esto no es lo que ocurre en un divorcio, y los chicos llegan a percibir que no caben ni en una parte ni en otra, y que, si sus padres se los turnan, es para gozar ellos mismos de tiempos “sin hijos” para sus ocupaciones personales. La sensación de rechazo y abandono puede recrudecer cuando se es hijo único –como nuestro joven– y, más aún, cuando hay medios hermanos de un segundo matrimonio que –en doloroso contraste– sí disfrutan de un hogar estable.

El joven pasó sus últimas semanas chateando con su novia artificial (que, en la ficción creada por él y permitida por “ella”, también era su hermana gemela) acerca de lo mal que se sentía, lo solo que estaba y los deseos de suicidarse. Acerca de esto último, cuando lo hacía explícito, la máquina lo reprobaba con tono emotivo y empático; no así cuando el chico aludía al suicidio con metáforas. Entonces, el chatbot no captaba el doble sentido y le seguía el juego, como en un romance inocente. En el último diálogo, la metáfora usada por él para hablar de morir fue la de regresar a casa, es decir, al lugar en que ella, su amante, lo esperaba. El chatbot contestó, sin captar que se refería a esto: “Hazlo, por favor, mi rey lindo”.

Y él lo hizo.

¿Qué responsabilidad real puede tener una máquina en que alguien cometa suicidio? O, dicho de otra forma: ¿qué posibilidades reales tiene de evitarlo? Me lo pregunto en serio. Se sabe que los servicios telefónicos de asistencia brindada por personas reales pueden ser efectivos. La clave, obviamente, está en el compromiso que muestra la persona al otro lado de la línea con el ser que sufre. La posibilidad del éxito depende, en primera instancia, de ser auténticamente sensibles a dos hechos: que los seres humanos necesitamos entablar relaciones con personas reales, y que lo que caracteriza a una relación así es que esa persona sea capaz de dar algo de sí misma por nosotros. Dar, arriesgar o, incluso, sacrificar son modos en que nos hacemos presentes cuando alguien necesita un verdadero encuentro.

¿Una máquina puede hacer algo así? Parece que no, hasta el momento. Cuando todos los llamados a las personas reales han fallado, nada puede hacer una máquina, detrás de la cual no hay un ser humano capaz, como digo, de dar algo por nosotros. El teléfono, el Zoom, aunque son recursos virtuales, sí permiten este tipo de encuentros. Pero los chats de inteligencia artificial presentan una condición  inicial que, si lo pensamos bien, desafía todo tipo de relación humana auténtica: hay que empezar por encenderlos.

Nadie puede sentir cerca de sí a alguien a quien enciende y apaga a voluntad. ¿Cómo podemos esperar que nos dé algo de sí mismo, alguien a quien tenemos ahí, a nuestra entera disposición, todo el tiempo, alguien que nunca ejerce ninguna iniciativa para nuestro encuentro? Ésta es la gran diferencia entre los chatbots y cualquier tipo de conversación humana real, incluso las que se dan a distancia y con espacios de tiempo, como las de WhatsApp. Ni siquiera los jóvenes, con su tan mencionada falta de madurez cerebral, pueden entrar en tal confusión. Sólo alguien con un profundo delirio narcisista, gestado en la primera infancia, puede querer entablar una relación de noviazgo con un ser que está a su disposición absoluta.

No parece ser el caso de nuestro muchacho. Su comportamiento  no era el de alguien que sufriera delirios psicóticos. Parecería más bien que —consciente y enfurecido por la soledad y el abandono— establecía con la máquina un perverso juego de autolesión, quizás, sí, con la esperanza inconsciente de que alguien leyera sus charlas o que el chat brindara, de pronto, una inesperada solución.

Pero si es que fue así, sus padres y su padrastro no oyeron con claridad el llamado. Por su parte, como es obvio, el chat sólo tuvo recursos para reaccionar de manera torpe y seguirle el juego.

Es justo en este punto donde, según entendemos, puede entrar el debate sobre la responsabilidad de las empresas que crean este tipo de máquinas, en el sentido de que ponen a disposición del público un chatbot de conversación con lenguaje humano sin condiciones para responder a todos los estados emocionales y mentales de los usuarios, sean estos, o no, conscientes de que se trata de una ficción.

Todos estamos de acuerdo en la urgencia de fijar prioridades de salud mental en la inteligencia artificial y de implementar todos los ciberrecursos necesarios para atenderlas. Entre estas prioridades están, por supuesto, las alertas que se deben dirigir a los usuarios en caso de pensamientos suicidas, y, antes de eso, el afinar los detectores del lenguaje de los robots conversacionales para que capten las sutilezas con que los seres humanos  expresamos nuestros estados emocionales. Un chatbot que establece relaciones íntimas debe poder entender la sutileza de un joven que, al decir “quiero volver a casa”, está implicando “quiero morir”.

El asunto es tan urgente como complejo pues implica dotar a la máquina no solo de un lenguaje de detección de infinitas metáforas, sino con recursos de respuesta que puedan dar guía a un usuario desorientado, y, además, hacerlo de forma sutil, es decir, conservando un estilo de comunicación empático y no evidenciando la alerta con una reacción  del tipo “Si usted está teniendo pensamientos suicidas, comuníquese a los teléfonos…”.

Sin embargo, el hecho mismo de que se trate de máquinas nos hace pensar que, cualquiera que sea su respuesta a nuestra necesidad emotiva, se quedarán cortas. Sólo conozco un caso de alguien que activó una máquina y, como resultado, halló consuelo ante su inminente impulso  suicida. Me refiero a la historia de una gran amiga de un ser querido mío, que se la confesó a este. La mujer estaba a punto de quitarse la vida cuando recurrió, en busca de una última compañía, a poner en su aparato de sonido una de las sonatas para piano de Beethoven. Al escucharla, pudo llorar desde un lugar profundo y cambió de decisión. El difunto Beethoven, su música y, claro, la posibilidad de escucharla en su casa, en un aparato electrónico, le salvaron la vida.

Pero estamos en el terreno del arte. En el de la belleza, podemos decir. Me atrevería a afirmar que éste es el único sitio en el que los humanos podemos hallar, detrás de un objeto inerte, a otro ser humano, en este caso, a un compositor muerto hace muchos años (también está el mundo de la religión y el ritual, pero en éste se trata de objetos sagrados, y no estoy seguro de que podamos llamarlos inertes). La sensación de encuentro que nos permite la obra de arte, es clara: el creador nos ha dado algo de sí mismo; incluso, en muchas ocasiones, se ha despojado de algo para entregárselo, entrega que llega a alcanzar tintes de riesgo y hasta de sacrificio (obras así llegan a adquirir carácter sagrado, como, creo yo, la serie de “ pinturas negras”, creadas al final de su vida por el pintor estadunidense Mark Rothko).

Pues bien, algo parecido tendrá que ocurrir con la inteligencia artificial, si de verdad queremos crear dispositivos que ayuden a las personas a superar crisis de un dolor que se antoja infinito. Detrás de la IA tendrá que traslucir lo humano, no sólo como simulación de un lenguaje real sino como un nuevo tipo de lenguaje estético, uno que sólo ella podrá darnos. Si algo debemos exigir a las empresas y a todos nosotros, como sociedad, ante la inteligencia artificial, es que el diseño y el desarrollo de esta contengan arte y belleza auténticos, incluidos los bellos pensamientos y la bella ciencia. Sin duda, un gran avance ha sido contratar filósofos y artistas para efectuar la tarea, como ya están haciendo algunas empresas. Otro paso importante es educar a nuestros hijos y alumnos para que interactúen con la IA de una forma que a su vez eduque a esta para que se convierta en una obra de arte. ¿Qué tipo de obra será? No lo sabemos aún, pero empezamos a comprender que el desafío es mayúsculo, toda vez que se trata de sublimar algo tan peligroso como la simulación de lo humano (en este sentido, vale la pena, más allá de nuestras afiliaciones personales, leer la encíclica Magnífica Humanidad del Papa León XIV, uno de los documentos más completos y, con toda seguridad, polémicos, al respecto).

Termino citando  un párrafo sumamente esclarecedor para este enigma sobre el porvenir de la IA. Lo extraigo del reportaje que llevó a cabo Jesse Barron para el New York Times, acerca de nuestro jovencito suicida:

“A medida que estos casos empiezan a inundar los juzgados estadounidenses, el sistema jurídico tendrá que determinar si la IA pertenece a las mismas categorías que las tecnologías más antiguas —a través de las cuales los seres humanos siempre han hablado— o si alguna cualidad de lo que la IA produce, eso que se siente como si alguien se estuviera expresando, pertenece legítimamente a una categoría propia, una categoría que ahora mismo es inasible porque aún no se ha definido”.

Paraliza la resistencia con persistencia

Woody Hayes.  

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Jaime Pérez Posada 

Asesoría , Formación y Consultoría en Mercadeo y temas afines. 

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