Cordial saludo
Dr. Bruno Moioli, psicólogo: "La vida no te va bien cuando todo encaja sino cuando priorizas lo que eres"
Podemos cambiar, ese es el poderoso mensaje que nos deja el Dr. Bruno Moioli en su último libro, Si no eres tú, ¿entonces quién? De hecho, cambiar es casi una obligación en tiempos de inestabilidad, y es posiblemente la única vía segura hacia la felicidad verdadera.
-Para ti, Bruno, ¿existe el secreto de la felicidad?
Yo diría que más que un secreto, lo que hay es una evidencia. Hoy en día hay una evidencia desde el estudio de la ciencia, la neurociencia, la psicología, la antropología y la propia filosofía, que nos dice cómo somos. Cuando ponemos en marcha una serie de recursos o actitudes que conectan con nuestras necesidades, anhelos y deseos, y lo hacemos de una manera continuada en el tiempo, experimentamos eso que llamamos felicidad.
Entendiendo, por supuesto, que felicidad es un concepto muy amplio y que abarca desde la tranquilidad al gozo y el placer, y el estar a gusto con lo que uno es. Diría que el secreto es ese.
Tu nuevo libro trata el tema del autoliderazgo. Para ubicar a los lectores, ¿cómo podríamos definir autoliderazgo?
El autoliderazgo es una competencia esencial en el ser humano, que de una manera consciente o no, todos hemos puesto en marcha en más de una ocasión en nuestra vida. Básicamente el autoliderazgo hace referencia a la capacidad de ser más conscientes de quiénes somos, regularnos con mayor habilidad, motivarnos desde dentro y no tanto por estímulos externos, y vivir el día a día con coherencia entre valores y comportamientos.
Vivimos en una era llena de incertidumbre y cambios, ¿cómo podemos orientarnos en este ambiente cambiante?
Bueno, es verdad que, en este mundo con cambios tan profundos y rápidos, es normal tener el foco fuera, en todo lo externo que nos demanda, nos desafía o nos amenaza. Y, por tanto, si tenemos el foco fuera, no lo tenemos dentro. No tenemos tampoco una escuela formal o informal que nos lleve a mirar hacia dentro, a entendernos mejor, a aceptarnos en nuestras limitaciones, en nuestra vulnerabilidad. A gestionarnos de manera coherente.
Asumir precisamente que tenemos que dar respuestas a nuestras necesidades y que eso depende básicamente de nosotros, y no del resto, es la primera llamada para que ese autoliderazgo empiece a manifestarse. Es decir, se trata de asumir una responsabilidad personal.
De hecho, si me lo permites, la clave está en el título del libro. Lo podría haber llamado ‘Autoliderazo’, así nada más. Pero decidí titularlo: Si no eres tú, ¿entonces quién? Y lo hice dando por hecho que detrás de la pregunta hay una llamada a la revolución y la responsabilidad personal. Te toca hacerte cargo entendiéndote, gestionándote y dando los pasos necesarios para que eso, que en ti es importante y le da sentido a tu día a día, se materialice.
-Un tema que precisamente tratas en tu libro como clave del autoliderazgo es la autocompasión, ¿cómo se relacionan estos dos conceptos?
Es fundamental porque precisamente desde ese "conocernos mejor" entendemos nuestros límites, nuestra historia que también nos ha moldeado, nuestra marcha en el presente y hacia eso que esperamos de mañana. Y al descubrirnos personas sensibles, vulnerables, con limitaciones en construcción, es necesario también desarrollar consciente e intencionadamente eso que llamamos autocompasión. Es decir, el tratarnos con amabilidad, respeto y amor. Porque ahí está la base para poder adaptarnos a las exigencias del día a día, para, desde esas exigencias, poder seguir creciendo y que se dé eso que ahora llamamos resiliencia.
-En un mundo en el que tendemos a presentarnos casi como un producto ante los demás, ¿cuál es la clave para definir y respetar nuestra propia identidad?
La vida no nos va bien cuando todo encaja. La vida nos va bien cuando nosotros nos colocamos en el centro de esa vida, con responsabilidad, con conciencia y también con compasión. Ahí es donde estamos priorizando lo que somos y empezamos a darle sentido a nuestra identidad o, como dicen algunos otros autores, a nuestra autenticidad. No es un ejercicio de egoísmo, tampoco es solo un ejercicio de amor propio, es un ejercicio de amor y de contribución a nuestro entorno.
-Creo que algo que quizá nuestros lectores se pregunten es si realmente es posible cambiar.
Es posible, primero porque la biología lo posibilita. El cerebro, a diferencia de lo que creíamos hace tan solo 30 años, tiene una característica esencial que es la neuroplasticidad. Es decir, que podemos crear desde nuestras conductas nuevas redes nerviosas que reflejan nuevos hábitos y comportamientos a la hora de pensar, de regular emociones o de mostrar actitudes.
Entonces, biológicamente, ¿podemos cambiar? Sí. ¿Tenemos la maquinaria preparada para ello? Sí. La ciencia que, además, nos enseña, facilita y posibilita el cambio, aun con las dificultades que pueda conllevar, es la psicología. Y es verdad que a medida que nos vamos construyendo como personas vamos afianzando valores, principios y hábitos porque somos animales de costumbres, pero desde el compromiso personal con el cambio.
Porque a medida que vamos envejeciendo, vamos aprendiendo muchas cosas y desarrollando hábitos que han sido útiles hasta ahora. Pero a la vuelta de la esquina sigue habiendo muchos desafíos, algunos esperados y conocidos (el propio envejecimiento, la pérdida de personas queridas), y otros muchos que desconocemos (cambios en el contexto y lo que se acontece).
Solo hay que mirar las noticias para descubrir cómo el mundo cambia de un día para otro. Por suerte, la naturaleza, después de tantos miles de años de evolución, nos ha predispuesto para eso. Tenemos la biología y la genética. Si además le sumamos la intención y la constancia, el cambio es más que posible
-¿Qué es, entonces, lo que nos frena a cambiar o mejorar nuestra vida?
Lo que nos frena es seguir insistiendo en las soluciones que en un momento fueron útiles, creyendo que esas soluciones van a servir para las nuevas circunstancias. Y esas soluciones realmente, aun habiendo sido útiles, lo único que suponen es la base para un nuevo aprendizaje. Básicamente, el freno está en no darnos cuenta de que tenemos que abrirnos y tener una actitud de apertura al aprendizaje continuo e intencional.
Nos frena igualmente el tener un autoconcepto de nosotros –de lo que podemos o no podemos, de lo que somos capaces o no– cerrado. Es decir, cuando uno se dice a sí mismo “yo soy así”, sin darse cuenta se está cerrando a la posibilidad de ser de otra manera y, por tanto, de responder de otra manera. Frente a la afirmación de “yo soy así”, me parece mucho más interesante el cuestionamiento personal. Es un ejercicio de higiene mental, cuestionarme cada cierto tiempo.
-Tu libro se encarga también de ofrecernos una clara perspectiva de género en lo que se refiere al autoliderazgo. ¿Qué desafíos particulares enfrentamos las mujeres en este sentido?
Sí, agradezco esta pregunta porque no quería solo escribir un libro sin más, quería escribir un libro que, consciente e intencionalmente, también tuviera mensajes concretos hacia la mujer. En este sentido, todavía la mujer recibe mensajes muy poderosos a lo largo de su vida sobre cargas y expectativas sociales y comunitarias acerca de quién debe ser y cómo debe desempeñarse.
Tomar conciencia de esos aspectos y llevarlos a su experiencia particular para poder alimentar la autenticidad o identidad y sentirse bien y desarrollar el autoriderazgo, requería poner de manifiesto una serie de ideas. Entre ellas, la enorme carga social acerca de quién tiene que ser la mujer, que muchas veces se encuentra en la contradicción de construir su propio proyecto vital, profesional y familiar, mientras lucha con expectativas que son contradictorias.
Un ejemplo, me encuentro muchas profesionales de primer nivel, que han de mostrar iniciativa y autonomía en las propuestas que toman y en las responsabilidades que asumen, pero a la par, han de hacerlo con un sentido que no se sobreentienda excesivamente masculinizado. Es decir, no pueden ser excesivamente explícitas, excesivamente duras, excesivamente firmes, porque parece que eso les resta puntos. Se las puede ver como ambiciosas. Sin embargo, si es un hombre el que demuestra ese tipo de características, bienvenida sea la ambición.
Entonces, es importante que se tome conciencia y podamos dar claves para poder ayudar a aquellas que aún no las tienen todas consigo, no se lo creen o en las que el peso de su historia, educación o contexto las frena. Porque solo así podrán pedir lo que quieren y necesitan, establecer límites cuando se les sobrepasa, decir “no” sin sentirse culpables, tener sus propios anhelos, sueños, principios y ser tan válidos como el de sus compañeros masculinos, ya sea en un entorno familiar, comunitario o profesional.
-Un tema central en el libro es el propósito. Esta palabra se ha desvirtuado mucho, así que creo que quizá lo primero sería abordar, ¿qué es el propósito?
Es verdad que durante mucho tiempo se nos ha insistido a través de la propia literatura, los medios de comunicación, las propias enseñanzas que vienen desde la ciencia, corrientes filosóficas, en la ideal del propósito. Y se ha hablado de ello como de algo que un día uno se encuentra, una especie de suerte con la que se tropieza. Y al hacerlo, ya se encuentra en conexión consigo mismo, se encuentra en equilibrio y la vida cobra sentido.
Si el propósito lo vemos desde ahí, como una especie de descubrimiento más propio del azar que de otra cuestión, pues muy pocos son los agraciados. Y el resto estamos condenados a sufrir esta falta de conexión y sentido. Yo creo que ese es el primer gran error que ha desnaturalizado el significado y el sentido del propósito.
El propósito lo entiendo de una manera mucho más acorde a lo que somos los seres humanos: como un ejercicio de construcción personal. Es decir, requiere conciencia, intención y constancia. El propósito se construye, no se encuentra. Esto nos da protagonismo y alimenta también la esperanza y la posibilidad de construir sentido, de vivir con sentido.
-Y sabiendo esto, ¿cómo podemos encontrar, o más bien construir, nuestro propósito?
Pues consiste en vivir, intencional y conscientemente, una vida lo más cercana posible a la coherencia que se da entre tus valores, cómo se expresan tus principios y lo que finalmente tus conductas reflejan. Valores, principios y conductas. En esa cadena unida, cuanto más equilibrio hay, más posibilidad de alimentar un propósito vital.
¿Y necesitamos un propósito? Sí, hoy en día la ciencia sabe que aquellas personas que conscientemente alimentan cada día un propósito son capaces de avanzar y crecer en la adversidad, y, por tanto, poner en marcha sus procesos de resiliencia. Conectan mejor con los desafíos del entorno, establecen redes personales de apoyo, contribución y conexión mucho más fuertes, sólidas y profundas en el tiempo y, subjetivamente, perciben un mayor disfrute por la vida.
Por tanto, el propósito no es algo que se encuentra, el propósito es algo que se construye y que se fundamenta en la coherencia entre valores, principios y conductas personales.
-Para acabar, si alguien que nos lee quiere empezar un gran cambio en su vida, pero no sabe cómo comenzar, ¿qué consejo le darías?
El primer paso es hacer algo al día que sea significativamente diferente a lo que haces todos los días, para romper la rutina de los hábitos. Y eso puede ser algo tan sencillo y estúpido como cepillarte los dientes con la mano contraria. O empezar a levantarte de la cama por el lado contrario.
Entonces vas a descubrir, primero, que te cuesta. Es decir, si soy diestro y me cepillo con la mano izquierda, ese día me voy a dar cuenta de lo que me está costando. El segundo día, también. El tercero me costará un poco menos y así al cabo de los días cada vez me costará menos.
Pero no solamente me daré cuenta de la dificultad, me daré cuenta de que puedo cambiar algo que asocio a mi propia identidad, a mi manera de ser y de hacer las cosas. Y de fondo, además, estoy haciendo algo mucho más poderoso: le estoy diciendo a mi cerebro, en base a esa característica que tiene, que es la neuroplasticidad, que si abre por aquí una nueva vía nerviosa puede hacer algo diferente.
Cuando eso lo hago con una práctica tan tonta y poco significativa en vida como cepillarme los dientes, me estoy dando permiso para abrirme a un cambio de mucho más calado en mi vida. Ya sea cambiar la manera en que me relaciono con mi pareja, con mi trabajo, con mis responsabilidades, con mi familia o conmigo mismo.
Jaime Pérez Posada
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